Lo que un 6,5 es capaz de deshacer

Artículo publicado en Público.es

Carlos Huerga
Ingeniero técnico aeronáutico

El pasado lunes, como un lunes cualquiera (no para todo el mundo), me levanté para ir a trabajar. En un descanso, aproveché para leer el periódico y me encontré con unas declaraciones del Ministro de Educación, el señor Wert, sobre las becas para la Universidad que me han dado que pensar. El señor ministro decía: “La pregunta que hay que hacerse es si ese estudiante que no puede conseguir un 6,5 está bien encaminado o debería estar estudiando otra cosa”. Además de esto, añade: “No es que les paguemos los estudios, es que les pagamos por estudiar”. Estos dos comentarios me han llevado a dos reflexiones.

Primera. Yo soy un ya casi no tan joven de 29 años de un barrio del sur de Madrid. En mi casa nunca faltó nada, pero tampoco sobró. Mi nota de la ya extinta selectividad fue un 6,49. Con esta nota accedí a estudiar Ingeniería Técnica Aeronáutica especializada en Equipos y Materiales Aeroespaciales. Hoy en día trabajo en la industria aeroespacial y tengo un sueldo y unas condiciones laborales que me permiten desarrollar mi vida dignamente. Mi nota media de la carrera es de un 5,99. La hice en los tres años que duraba la carrera más el proyecto fin de carrera.

Mi estancia en la Universidad, además de formarme como ingeniero, me hizo desarrollar el gusto por otras áreas como la política, discutir con gente diversa y conocer otros puntos de vista. En parte por ello me desarrollé como la persona que soy hoy en día. En esa época se formó mi conciencia social y hoy defiendo mis derechos laborales en mi sindicato a la vez que colaboro con la PAH frente la injusticia que se está dando con los desahucios. Estudié en la Universidad Pública, mi familia se lo podía permitir. Hoy, con la subida de tasas y la crisis económica, no tengo claro si podría haber estudiado.

A pesar de tener menos de un 6,5 de media, y por muy extraño que parezca en estos tiempos que corren, llevo trabajando en mi puesto desde los 22 años y tengo un buen sueldo. Con este, pago mis impuestos y ayudo a mantener el sistema público. Esto me llena de orgullo, ya que colaboro a que mis vecinos del sur tengan las mismas oportunidades que yo he tenido, lo cual, incluso, me repercutirá positivamente porque generará más fondo para las arcas públicas. Mi abuelo tendrá más fácil ir a un Centro de Salud y mi hijo ir a una escuela infantil pública. O, al menos, así debería ser.

Si hoy no pudiera pagarme la Universidad a causa de las subidas de tasas, o simplemente porque mi familia tiene una situación económica precaria y necesitase una beca, ¿No tendría derecho a ella por haber sacado menos de un 6,5?, ¿No estoy devolviendo todo lo que el Estado ha pagado de mi formación con mis impuestos y estoy generando riqueza? Estas preguntas no hacen más que rondarme la cabeza. No lo comprendo. Lo que tengo claro es que si hubiera tenido que compatibilizar mis estudios con un trabajo, cosa que creo que hoy tendría que hacer para poder estudiar, mi nota habría sido incluso menor.

Segunda. ¿Quién paga por estudiar? La ciudadanía paga unos impuestos, los cuales alimentan las arcas públicas con las que se gestionan las distintas administraciones públicas. Estas administraciones orientan su trabajo en función de las líneas que define la Constitución Española, que en su artículo 27 establece que la educación es un derecho.

El pueblo pagamos a quien gobierna y no al revés. Dentro de sus tareas, entre otras, está asegurar que todo el mundo tenga acceso a la educación. Creerse dueño de los servicios públicos y decidir quién debe estudiar algo o no, es una cosa muy distinta. Es que los que procedemos de zonas económicamente más pobres o de familias afectadas por una crisis que no hemos causado, no podamos estudiar en la Universidad. Es que los de abajo no nos levantemos los lunes para ir trabajar, si no que para ir al INEM. Es que los que menos tienen, tengan más difícil plantearse las contradicciones de un sistema injusto, pero más fácil el camino hacia la precariedad. Es incluso que terminemos peleando entre nosotros por trabajar en Eurovegas.

No obstante hay que reconocer que, gracias al Ministro de Educación, este lunes he conseguido explicarles a mis compañeros de trabajo a lo que se refería Warren Buffet cuando decía que claro había lucha de clases, y que la suya estaba ganado.

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